EL MÚSICO Y LA MAESTRA.

El músico y la maestra

Poco tiempo atrás, tocaba todos los días en el Paseo de la Heroica Ciudad un músico delgaducho y bromista en busca de conseguir unas monedas extras para llevar a casa, pues su trabajo en la orquesta apenas le daba para vivir.

Y por allí, en el Paseo Lineal,  solía pasear también una maestra de piel blanca, pelo color avellana y ojos marrones como el chocolate.  Había sido conocida por su alegría y ganas de ayudar a los demás,  pero últimamente víctima de un desengaño se mostraba  seria y poco habladora.  Y muchos, en vez de entender su soledad, preferían señalarla con el dedo mientras criticaban su comportamiento reservado

Cada medio día, cuando la maestra terminaba sus labores en la escuela, paseaba por allí buscando armonía y disfrutando del paisaje urbano de su ciudad,  sin ninguna amistad ni compañía.  Pero esto no le quitaba de ser el centro de atención, pues mientras caminaba, iban surgiendo todo tipo de comentarios a su alrededor.  Pero a ella le daba igual, caminaba segura y con la cabeza alta.   El músico no podía parar de mirarla, la admiraba y se hacía notar tocando sus mejores notas cuando la maestra pasaba por el lugar de su concierto en solitario. No podía parar de mirarla, de admirarla y verla como un regalo en la ciudad. Él había estado mucho tiempo sin creer en el amor, pero con ella todo estaba cambiando: quería enamorarse, quería enamorarla.

La maestra pasó ese día caminando veloz, el músico toco y toco mientras tanto, pero nada sucedió. Ella ni si quiera se detuvo siguiendo su rumbo hasta el final del paseo.  No le había mirado. Si ella no se fijaba en él, tenía todo perdido y no podría conquistarla. Después llego una larga noche de ensayo y concentración,  dejando paso al nuevo día con una nueva serenata para interpretar, con unos ritmos más rápidos y alegres. Pero esto tampoco funcionó con la maestra, quien pasaba por allí como un día más, sin darle importancia a la interpretación del músico.  El tercer día, el músico no se había rendido, pues se había preparado una obra musical tan complicada como animada,  la cual tocó al paso de la maestra, quien seguía sin hacerle ningún un gesto de saludo. Ella no lo miraba, ni escuchaba lo más preciado para él: su música.

Viendo que cuanto más alegre y rápida era la música menos llamaba la atención de la joven maestra, decidió cambiar su estrategia tocando obras románticas y lentas. Llego de nuevo la hora del paseo de la maestra, allí estaba el músico interpretando una pausada serenata. Pero tras varios intentos fallidos con una música tan romántica como pausada, su esperanza por conquistar a la maestra se hacía más diminuta.

Estaba ya el músico en su casa preparando unas nuevas partituras cuando los recuerdos de lo que pasaba cada día en el paseo empezaron a resurgir.  Él cada día esforzándose más y más para que ella no lo valorara.  Así que esa noche, solo, tocaría  música melancólica  para expresar su tristeza.

Una medio día más, la maestra y el músico encontraban su destino en el paseo más céntrico de la ciudad, solo que esta vez sin música de fondo.  Solo el ruido de los coches, de las gentes caminando o de algún que otro niño jugando al balón.  Pero ni rastro de la música que siempre animaba por allí.  Él estaba quieto en su lugar de siempre. Ella, que parecía extrañada, caminaba cansada en la dirección habitual.

–        Pero, ¿Por qué no tocas hoy? – se dirigió la maestra al músico, el cuál quedo con la boca tan abierta como extrañado.

No podía creer que ella le estuviera hablando. La miraba fijamente, sin cerrar la boca. Partituras en una mano, la trompa en la otra. El viento le movía el flequillo, los nervios le movían rápido el corazón.

–        ¿Estás bien? Siempre tocas animando a  quienes venimos a caminar por el paseo. De hecho, yo sólo camino por aquí para escucharte tocar.  – añadió la maestra ante el músico que seguía inmóvil.

Siguió mirándola fijamente pero cerró la boca.  Colocó las partituras en la trompa.  El flequillo quedó despeinado y la música movió su corazón.  Comenzó entonces a tocar las notas que aquel momento frente a ella le inspiraban, consiguiendo un sonido tan dulce, maravilloso y fuerte, que hacía que todas las gentes del pueblo fueran hasta allí para escucharlo.

Allí estaban en el centro de un círculo de gente, la maestra sonriente y el músico con la mejor música escuchada hasta entonces.  Se miraban a los ojos, se enamoraban.

Las últimas notas fueron tan dulces que parecían decir “Te Quiero”,  y al instante de sentir el absoluto silencio ambos se abrazaron inevitablemente ante la multitud.

  Y así fue, como surgió un amor verdadero entre el músico y la maestra, quienes aún pasean todos los días por el Paseo Lineal, conocido desde entonces,  como el Paseo de los Enamorados…

 

 

 Dedicado a José Julián,

ese niño que me inspiró esta historia y todas las demás

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